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Lo bello es todo aquello que me crea ilusión y me proporciona placer. Es todo lo que excita mis emociones o me lleva al deleite espiritual. Es lo que me motiva o me impulsa a crear. Lo bello es lo que me gusta a mí, según mi propio criterio subjetivo.
Pero lo bello no es igual para todos porque para algunas personas la cualidad de lo bello se rige por criterios normativos y suelen realizar un juicio estrictamente objetivo cada vez que deban calificar algo de bello, de bueno o de interesante.
La belleza de la provocación hace referencia a lo nuevo e innovador, pero igualmente bello en cuanto su contexto lo permita y en cuanto se guie de sus contemporáneas y proporcione el mismo placer al admirarlo.
La belleza del consumo, en cambio, sigue ciertos criterios acerca de los ideales de belleza del mundo en el ámbito del consumo comercial.
En la Edad Media se creía firmemente que todas las cosas tienen un significado sobrenatural, que conllevan a su razón del por qué existen.
En el Manierismo se conformó una reacción anticlásica que cuestionaba la validez del ideal de belleza defendido en el Alto Renacimiento.
En el Neoclasicismo se ve un cambio y una fiebre por lo antiguo y trascendental, puesto que la belleza clásica es en realidad una deformación, afectada por los humanistas y, al rechazarla, se inicia la búsqueda de la verdadera antigüedad.
La tesis fundamental es que la belleza no es inherente a las cosas, si no que se forma en la mente del crítico o del espectador libre de las influencias externas.
La fealdad, en cambio, sería lo opuesto a la belleza. La estética sublimizó a la belleza y eso se puede vislumbrar en diversas creaciones artísticas. La fealdad también está presente y adopta las formas más variadas y sorprendentes.
Aunque el modelo de belleza clásico de occidente siempre lo han tratado de desquebrajar, el cristianismo ha sido uno de los que más ha ayudado a familiarizar el lado más feo de la vida al concebir un Dios castigador e incorporar el martirio e impregnar todo de pecado y penumbra.
La fealdad se ha dado paso en la historia, sobretodo después del renacimiento, que aquí sublimizaban a lo clásico.
Lo feo en toda la extensión de su sentido, está en el centro del arte a partir del Romanticismo. Desde entonces la belleza como tal deja de tener interés en el arte.
La belleza en sí mismo se convierte en una categoría anacrónica porque no da noticia de nada, salvo de la fragilidad de su equilibrio. Hoy estos equilibrios no se dan y desde hace tiempo interesa la idea de un mundo sin sentido, caótico, fragmentario. Y las personas se sienten reconocidas en esto.
El arte, desde que deja la belleza, no pretende halagar los sentidos sino reflexionar en situaciones límite. Y cuando parece que ha llegado a ese punto siempre hay un más allá. Y así el espectador asiste en primera línea a esa destrucción definitiva del sentido.
La fealdad ha sido rastreada por Umberto Eco, que establece tres categorías: lo feo natural o feo en sí mismo, lo feo normal o un desequilibrio orgánico respecto del todo, y lo feo artístico, que surge de cualquiera de las dos anteriores pero elevado a la categoría de arte por el artista.

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