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De lo escrito a la imagen

La idea de que estamos en una “civilización de la imagen” implica que ya no estamos en una civilización de lo escrito. Esta sustitución se considera tanto como un progreso, la era electrónica atacando de caduca a la era de la impresión, como por el contrario una regresión, el universo ficticio y superficial de la imagen que implica, con la desaparición de lo escrito, la desaparición más general y entonces del pensamiento.

La comunicación por la imagen se opone a la del lenguaje: comunicar por la imagen sería no comunicar más por el lenguaje, amenazar a la palabra con desaparecer; la palabra ya no solo como herramienta de pensamiento, de personalidad, de identidad.

Imagen/lenguaje

Nos parece que, si la relación entre imagen y lenguaje es un punto álgido de debate y controversias, esto se deriva de dos proposiciones principales y al mismo tiempo contradictorias:

Proposición 1: la imagen desplaza el lenguaje verbal y en particular el escrito a punto de volverlo caduco, incluso de eliminarlo definitivamente.

Proposición 2: el lenguaje verbal, y mayormente la lingüística, domina todo lenguaje, incluso el lenguaje visual, ya que comprender es decir o nombrar.

En lo que respectas a la primera proposición, podemos preguntarnos si una oposición tan radical entre imagen y lenguaje se justifica. Es un debate de fondo que de hecho se plantea desde la aparición de la semiología de la imagen. Que la imagen sea un sistema de significación y de comunicación diferente del lenguaje hablado o escrito, es evidente. Pretender por el contrario que el predominio (a comprobar) de la imagen suprime el lenguaje es no solo un error, sino una falsedad.

Para Barthes: “no es justo hablar de una civilización de la imagen: más que nunca todavía somos la civilización de la escritura”

El segundo punto que concierne a las relaciones entre lo linguistico y lo semiótico es de orden más teórico y filosófico. Plantea el problema de las relaciones entre lenguaje y sentido, entre lenguaje y pensamiento, entre lenguaje y comunicación.

El icono y la imagen

Peirce propone tres tipos de íconos: la imagen, el diagrama y la metáfora.

La imagen es el signo icónico que emplea una semejanza cualitativa entre el significante y el referente. Imita o retoma ciertas cualidades del objeto: forma, proporciones, colores, textura, etc. Estos ejemplos conciernen esencialmente a la imagen visual. Sin embargo, esta nueva clasificación también goza del merito de demostrar que una imagen no es necesariamente visual. Si el uso corriente de la palabra “imagen” remite prioritariamente a las imágenes visuales, sirve también para hablar de la “imagen de uno mismo”, de “imagen de marca” incluso de “imágenes mentales”. La teoría nos permite comprender que estos términos remiten, no a una materialidad común sino más a un modo de funcionamiento común, que consiste en retomar o fabricar cualidades del objeto, como reaprehendiéndolas, las que queremos asociar con el objeto como si le pertenecieran.

En el diagrama, la analogía puesta en juego entre el significante y su referente ya no es cualitativa sino relacional. Es decir, que lo que el diagrama reproduce son las relaciones internas del objeto y no sus cualidades externas.

La metáfora, finalmente, sería un tercer tipo de ícono porque pondría en juego un tercer tipo de analogía: el paralelismo cualitativo.

La iconicidad como “pasaje” entre índice y símbolo

Para Daniel Bougnox, la imagen, signo analógico, se opone a la comunicación digital y comprende al menos dos de las categorías de signos tal como las defino Pierce: el ícono y el índice.

Los índices se acercan a las “representaciones de las cosas” freudianas: marcas de pasos, cenizas de fuego, etc. Son todos signos que permanecen en contigüidad física de espacio y de tiempo con el denotado. Es un segmento, una muestra, “lo que le falta al índice es el re de la representación”.

En el ícono, por el contrario, el contacto se rompe. No estamos ni en el mismo tiempo ni en el mismo espacio que la cosa misma. La representación es motivada y semejante, da pruebas de continuidad pero ya no es contigua: “ el ícono se agrega al mundo, mientras que el índice presenta una muestra de sí mismo por medio de una separación metonímica”.

Finalmente, el símbolo rompe tanto con la continuidad (la semejanza) como con la contigüidad (el índice) y reagrupa los signos “arbitrarios” propiamente dichos. “Discreta y continua al mismo tiempo, su ley es la del todo o nada: entre dos fenómenos que articula la lengua, no hay un tercer término. En la lengua como en los números, sólo hay diferencias” el orden simbólico es lineal y sucesivo, a diferencia del cuadro frente al cual “el ojo existe en estado salvaje”, según la expresión de André Breton.

Símbolo, metáfora, alegoría

También la noción de símbolo conlleva todo tipo de matices y problemas. Umberto Eco concluye que lo que caracteriza al símbolo, por más cierto que sea, es que su interpretación es incierta; el lector “mas obtuso” puede leerlo siempre en el sentido literal y el texto conservará su coherencia semántica. O más aún, puede dudar entre varias interpretaciones, lo que provocará una “semiosis ilimitada”: el texto puede leerse según el modo simbólico… no obstante, si nos negamos a seguir este camino, el modo simbólico no abusa de sus poderes y deja al destinatario libre para comprenderlo literalmente.

Esto es, según Eco, lo que distingue fundamentalmente al símbolo de la metáfora: ésta nunca se acepta en primer grado: “una metáfora no puede interpretarse literalmente. Por extensión (incluso en relación con el mundo posible), nunca dice la verdad, es decir que nunca dice algo que el destinatario podría aceptar tranquilamente como literalmente válido… la mentira de la metáfora está tan presente que si la metáfora fuera tomada literalmente, el discurso se descompondría, porque habría un inexplicable salto de isotopía. Hay que interpretar la metáfora como figura”.

Además, toda significación segunda no es necesariamente simbólica, puede, y se da frecuentemente, ser “alegórica”. La alegoría, en efecto, se confunde a menudo con el símbolo mismo. Como el símbolo, deja al destinatario libre para interpretarla o no en tanto tal pero “a diferencia del caso del modo simbólico, donde aparece algo en el texto para durar sólo un tiempo muy corto, la alegoría es sistemática y sucede en una vasta porción textual. En la alegoría se juega con una referencia inmediata a códigos ya conocidos. La decisión de interpretarla nace generalmente del hecho de que estos iconogramas parecen estar claramente ligados unos con otros por una lógica con la que ya estamos familiarizados gracias al tesoro de la intertextualidad. El modo simbólico, por el contrario, pone en juego algo que todavía no había sido codificado”

 

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