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En los discursos siempre escuchamos el llamado a ejercer el patriotismo, a identificarnos con nuestra cultura con orgullo y otras expresiones de la identidad nacional. Pero existen riesgos en los planteamientos de los políticos nacionalistas, ya que podrían atentar contra los valores nacionales y universales, que son los que permiten la convivencia y la unidad entre los miembros de una nación. Somos seres situados en este mundo, compartimos la humanidad y, como tales, transcendemos todo paradigma y criterio cultural, lo que nos concede derechos inalienables que deben ser observados y respetados. Si somos seres situados es porque tenemos una identidad, desde donde compartimos la humanidad. Lo que no se debe perder es el horizone de la humanidad, entendida como comunidad de diálogo, es decir reconocer la humanidad en cualquiera de sus manifestaciones culturales.
Ahora bien: ¿Qué es la identidad nacional? Algunos sostienen que ya no existen razones para hablar de identidades nacionales, porque con el fenómeno de la globalización se ha universalizado un determinado modelo cultural. Otros, en cambio, sostienen que, sin la identidad, los sujetos no tendrían elementos que los identifiquen, dado que es algo que nos identifica lo que somos y que constituye el sentido y significado de nuestra existencia. Las naciones incluyen una serie de creencias que las personas tienen sobre ellas y, cuando se habla de nacionalidad, no solo se refiere a un concepto abstracto, sino a características físicas, maneras de comportarse y, principalmente, la concepción que las personas tienen de sí mismas.
La nación significa la convivencia de personas que se caracteriza por el reconocimiento de sus miembros. Todo sujeto tiene una nacionalidad desde donde se comprende, interpreta el mundo y se relaciona con otros. Aunque muchos no desean pertenecer al país en que nació, ya viene incorporado en su personalidad la cultura nacional. Y también, por más que viaje a otras naciones y conozca otras culturas, puede adquirir con el tiempo hábitos del extranjero, pero aún así, sigue perteneciendo al país en que nació. ¿Hay que amar, por lo tanto, a un país solo por nacer en ese país? ¿Aún la gente se emociona al cantar el himno nacional, o lleva la escarapela en el pecho o se encuentra con el presidente? Los tiempos cambian y aún siguen estas discusiones y preguntas sin respuesta. Preguntas que hasta los niños se las plantean, por más que los adultos no sepan responderlas y no tienen otra opción más que los pequeños busquen por ellos mismos las respuestas.

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