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Los colores transmiten códigos, tabúes y prejuicios a los que obedecemos sin ser conscientes de ello. Los colores no son inmutables. Tienen una agitada historia, que se remonta a lo largo del tiempo y que ha dejado huella en nuestro propio vocabulario. Nuestros antepasados tenían una noción del color diferente de la nuestra. No es nuestra percepción sensorial lo que ha cambiado, sino nuestra percepción de la realidad, que activa nuestro conocimiento, vocabulario, imaginación e, incluso, el sentimiento.

El color favorito de la civilización occidental es el azul. Pero no siempre ha sido así. En la Antigüedad no se consideraba realmente un color. El azul es difícil de fabricar y de dominar y ésa es, sin duda, la razón por la que no tuvo ningún papel en la vida social, religiosa o simbólica de la época. En los siglos XII y XIII, por primera vez, se pintó los cielos de azul. A partir del siglo XII, la Virgen se convierte en la principal promotora del azul. Al cabo de un tiempo el azul se convirtió en una moda aristocrática. A finales de la Edad Media, la oleada moralista que provocaría la Reforma afectó también a los colores: empezó a decidirse qué colores eran dignos y cuáles no. La paleta protestante se articuló alrededor del blanco, negro, gris, pardo y azul. Hoy, cuando alguien dice que le gusta el azul, significa que es una persona sensata, conservadora, que no quiere revelar nada de sí mismo. En cierto modo, hemos regresado a una situación próxima a la Antigüedad: de tan omnipresente y consensuado, el azul vuelve a un color discreto y el más razonable de todos los colores.

En el sistema cromático de la Antigüedad, que giraba en torno a tres polos, el blanco representaba lo incoloro; el negro era lo sucio; y el rojo, el color, el único digno de ese nombre. La supremacía del rojo se impuso en todo Occidente. Era un color admirado y sele confiaba los atributos de poder, es decir los de la religión y la guerra. Este color se impuso porque remitía a dos elementos: el fuego y la sangre. Para la mirada medieval, el brillo de un objeto prima sobre su coloración. Un rojo franco se percibirá como más próximo a un azul luminoso que a un rojo desvaído. Un rojo muy intenso es siempre una señal de potencia, tanto para los laicos como para los eclesiásticos. A partir del siglo XVI, los hombres ya no se vestían de rojo. En los medios católicos las mujeres sí podían hacerlo. Asistimos entonces a un curioso cambio de posiciones: en la Edad Media el azul era más bien femenino y el rojo masculino. Ahora, en cambio, las cosas se invierten y el azul se convierte en masculino y el rojo en femenino. El rojo del poder y la aristocracia se ha mantenido siglos tras siglos, al igual que el rojo revolucionario y proletariado. Así como también el rojo suele asociarse al erotismo y la pasión.

Cuando pensamos en el blanco, no podemos dejar de sentir una ligera vacilación y preguntarnos si realmente es un color. En las sociedades antiguas, se definía lo incoloro como todo lo que no contenía pigmento. Al convertir el papel en principal soporte de los textos e imágenes, la imprenta introdujo una equivalencia entre lo incoloro y el blanco, y este último pasó a ser considerado como el grado cero del color. Después de mucho debatir entre físicos, al fin se ha vuelto a la sabiduría antigua y volvemos a considerar el blanco como un color con todas las de la ley. En nuestro imaginario asociamos el blanco a la pureza y la inocencia. En casi cualquier punto del planeta, el blanco remite a lo puro, a lo virgen, a lo limpio. Durante siglos, todas las telas que tocaban el cuerpo tenían que ser blancas por razones de higiene, pero también por razones prácticas: cuando se hervían, las telas solían perder el tinte. El blanco era, en cambio, el color más estable y más sólido. El blanco es también la luz primordial, el origen del mundo, el principio de los tiempos. La otra cara de este símbolo es el blanco de la materia indecisa, los fantasmas y los espectros que vienen a reclamar justicia o sepultura. En Occidente, la blancura de la piel siempre ha funcionado como una señal de reconocimiento. A la pequeña nobleza del siglo XVIII le obsesionaba marcar distancias con los campesinos. La expresión “sangre azul” se refiere justamente a esta costumbre: tenían la cara tan pálida y translúcida, que se veían las venas. Los occidentales, en este caso “los blancos”, nos consideramos inocentes, puros, limpios, a veces incluso divinos y hasta sagrados. Los asiáticos, en cambio, ven en nuestra blancura una evocación de la muerte. Nuestros prejuicios sociales se activan según el sentimiento que tenemos de nuestro propio color.

El verde tenía la particularidad de ser un color inestable. En tinte, esos colorantes aguantan poco en las fibras y los tejidos enseguida adquieren un aspecto descolorido. Y lo mismo ocurre con la pintura: los materiales vegetales se consumen con la luz y las materias artificiales. Aunque dan unos bonitos tonos intensos, son corrosivos. Así resulta que el verde fabricado de esa manera es un verdadero veneno. El simbolismo del verde se ha organizado casi por entero alrededor de esta idea: representa todo lo que se mueve, cambia, varía. Representa la suerte, pero también la mala suerte. Con el paso del tiempo, ha predominado la dimensión negativa: debido a su ambigüedad, este color siempre ha suscitado inquietud. Antes del siglo XVII, a nuestros antepasados nunca se les habría pasado por la cabeza fabricar el verde con el azul y el amarillo. La clasificación de los colores más corriente era la de Aristóteles: blanco, amarillo, rojo, verde, azul, negro. Es el descubrimiento del espectro por parte de Newton lo que nos ha aportado otra clasificación. Los químicos del siglo XVIII presentaron una teoría pseudocientífica que definía unos colores “primarios” (amarillo, azul, rojo) y unos colores “complementarios” (verde, violeta, naranja). Esta tesis llegó a influir en los artistas de los siglos XIX y XX. Curiosamente ha suscitado otra simbología del verde: como éste es considerado “complementario” del rojo, el color de lo prohibido, se ha convertido en su contrario, el color de la permisividad. Hoy, nuestra sociedad urbanita ávida de clorofila lo ha convertido en símbolo de libertad, juventud, salud. De hecho, nuestras sociedades contemporáneas han llevado a cabo una gran revalorización del verde, que en otros tiempos era el color del desorden y la transgresión: ahora, en cambio, es el color de la libertad.

En la Antigüedad, el color amarillo era bastante apreciado. En las culturas no europeas como Asia y América del Sur, el amarillo siempre ha tenido una connotación positiva. En la edad Media, el color dorado absorbió los símbolos positivos del amarillo, todo lo que evoca el sol, la luz, el calor, la vida, la energía y la alegría. En cambio, el amarillo, se ha convertido en un color apagado, triste, que recuerda al otoño, la decadencia, la enfermedad. A mediados del periodo medieval, en todo Occidente el amarillo se convierte en el color de los mentirosos, de los embusteros, de los tramposos, pero también en el color del ostracismo, que se impone a las personas a las que se quiere condenar o excluir. En las décadas de 1860-1880 la paleta de los pintores cambia: pasan de la pintura en el estudio a la pintura en el exterior, y hay otro cambio cuando se pasa del arte figurativo al semifigurativo. Es también el momento en que el arte se escuda en la ciencia y afirma que hay tres colores primarios: azul, rojo y amarillo que, al contrario que el verde, se ve bruscamente revalorizado. Los colores reflejan los cambios sociales, ideológicos y religiosos, aunque también quedan presos de las mutaciones técnicas y científicas. Esto entraña gustos nuevos e, inevitablemente, miradas simbólicas diferentes.

El negro forma, igual que el blanco, banda aparte en nuestra historia. Espontáneamente pensamos en sus aspectos negativos: los temores infantiles, las tinieblas y la muerte. Pero existe asimismo un negro más respetable, el de la templanza, humildad, austeridad, el que llevan los monjes e impuso la Reforma. Y hoy conocemos otro negro, el de la elegancia. La Reforma declaró la guerra a los tonos vivos y profesaba una ética de la austeridad y lo oscuro. El negro se convierte entonces en un color de moda no solamente entre los eclesiásticos, sino también entre los príncipes. El negro elegante de los trajes de gala es una herencia directa del negro principesco del Renacimiento. En Asia, aunque el negro también se asocia a la muerte, el duelo se lleva vestido de blanco porque el difunto se transforma en un cuerpo de luz. En Occidente, el difunto regresa a la tierra, se convierte en cenizas, parte por lo tanto hacia el negro. El cristianismo ha cultivado este símbolo y siempre ha asociado al duelo con lo oscuro. Tanto el negro como el blanco se han visto apartados del mundo de los colores. En primer lugar, la teoría del color “luz”, que se desarrolló a finales de la Edad Media. Luego, la aparición de la imagen grabada y de la imprenta impuso poco a poco la pareja negro-blanco. En ese mismo momento, la Reforma privilegió esos dos colores y los distinguió de los otros en nombre de la austeridad. El tercer cambio: la ciencia, una vez más, se metió en el asunto. Al descubrir la composición del espectro del arcoíris, Newton estableció un cortinado de colores (violeta, índigo, azul, verde, amarillo, anaranjado, rojo) que, por primera vez, excluye el negro y el blanco. Lo sorprendente de esta pareja es que tienen la capacidad de describir por sí sola la realidad, a condición de declinar el conjunto de gris entre ambos colores. Hoy, los científicos y artistas reconocen que el negro es, al igual que el blanco, un color de pleno derecho.

Para la cultura europea, hay seis colores principales: azul, rojo, blanco, verde, amarillo y negro. Un color es una categoría intelectual, un conjunto de símbolos. La prueba es que los seis colores de base son los únicos que no tienen referentes. Se definen de modo abstracto sin necesitar una referencia en la naturaleza, a diferencia de los “semicolores”: el violeta, el rosado, el naranja y el marrón. Esos cuatro semicolores deben su nombre a un fruto o a una flor. Al violeta, en latín medieval, se le llamaba “subniger”, es decir, seminegro. Se identificaba, lógicamente, con el medio duelo, el que se aleja en el tiempo. El violeta es el color litúrgico de la penitencia, del Adviento y del Cuaresma. Se ha convertido tardíamente en el color de los obispos. Es poco habitual en la naturaleza y bastante vulgar cuando se fabrica artificialmente. Es difícil reproducir los bellos tonos naranja de la naturaleza. Los naranjas que fabricamos artificialmente siempre son chillones. La palabra “anaranjado” nació en Occidente en el siglo XV con la importación de los primeros naranjos. Hoy se han trasladado a este color las virtudes del oro y del sol: calor, alegría, vitalidad y salud. El rosado no tuvo una existencia muy definida durante mucho tiempo. Llevado en el romanticismo, el rosa adquirió su simbolismo en el siglo XVIII: el de la ternura, la feminidad, la suavidad, con su vertiente negativa: la cursilería, el empalado. De nuestros once colores y semicolores, el marrón es el menos apreciado, aunque abunda en la naturaleza. La palabra “marrón” apareció en el siglo XVIII, derivando de la castaña. Este semicolor posee pocos aspectos positivos, a menos que tomemos la humildad y la pobreza como virtudes, que es lo que hacen algunas órdenes monásticas. La palabra gris es antigua y posee un doble simbolismo. Para nosotros evoca la tristeza, la melancolía, el aburrimiento, la vejez. Pero en una época en que la vejez no estaba tan desvalorizada, remitía por el contrario a la sabiduría, a la plenitud, al conocimiento.

Al ir añadiéndoseles cada vez más capas de símbolos, los colores han terminado perdiendo parte de su fuerza. Nuestros colores son categorías abstractas sobre las cuales la técnica no tiene mucha influencia. Es bueno conocer sus significados, pues condicionan nuestro comportamiento y nuestra manera de pensar.

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