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En la época de los cambios ideológicos, en que se debatía sobre comunismo y capitalismo, una mujer fuerte y valiente dio unas aportaciones polémicas a lo que sería el debate socialista. Esta mujer era nada más ni nada menos que Rosa Luxemburgo.

De ascendencia Polaca o Rusa, esta mujer se trasladó a Alemania y ahí se unió a lo que sería el Partido Comunista Alemán. En la universidad de Zurich estudió, al mismo tiempo, economía, filosofía, historia, política y matemáticas. Tuvo que contraer matrimonio con Gustav Lübeck para adquirir la nacionalidad alemana. Juntos abogaron por la necesidad de una revolución para lograr un cambio real, en contra de los que apoyaban los postulados del revisionismo. Todo eso conllevó al que el partido en donde estaba en esos momentos (la social demócrata) se enemistara con ella.

A pesar de ser llevada a prisión en varias ocasiones, esta mujer no dejó de luchar por sus ideales. Incluso tuvo que renunciar a formar una familia con tal de lograr sus objetivos. Apoyaba enteramente la huelga de las masas, así como también criticaba el leninismo organizativo y confirmaba la capacidad creativa de la clase obrera. Para ella, todos los partidos izquierdistas eran representados, así como los partidos derechistas, por una minoría. Afirma, usando las palabras de Lenin, que, así como el Estado burgués es un instrumento de opresión a la clase trabajadora, el Estado socialista oprime a la clase burguesa. Para ella, el cambio solo puede darse con la libertad política. Y lo afirma con estas palabras: “La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”

La ausencia de la democracia solo conduce a la degeneración política. Eso lo sabía muy bien Rosa que, con sus propias palabras, reflexionó sobre el posible destino de la revolución: “En lugar de los organismos representativos surgidos de elecciones populares generales, Lenin y Trotski implantaron los soviets como única representación verdadera de las masas trabajadoras. Pero con la represión de la vida política en el conjunto del país, la vida de los soviets también se deteriorará cada vez más. Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo”

Antes de que estallara la primera Guerra Mundial, Rosa participó en el V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso en Londres y en el Segundo Congreso Socialista Internacional en Stuttgart en el año 1907. Ahí propuso que todos los partidos izquierdistas se unieran y combatieran al imperialismo, un enemigo común para todos los izquierdistas europeos. Pero cuando estalló la Guerra Mundial, la unión de los socialistas no se produjo y, al final, los derechistas ganaron terreno en el ámbito político.

Rosa fue acusada de incitar a los soldados a la rebelión, por lo que fue llevada a la cárcel. Durante su estancia, escribió “La Crisis de la Socialdemocracia”, donde demostró que la guerra es consecuencia de un determinado desarrollo del capitalismo internacional. Después de la guerra, Rosa y un grupo de personas repartían folletos y propagandas que incitaban a la revolución en contra del Estado. Aunque el partido socialista fue completamente desplazado por los capitalistas del momento, el grupo todavía seguía con sus publicaciones y sus trabajos. Esto ocasionó que Rosa volviera a la cárcel y fuese cruelmente torturada y maltratada por sus ideales. Finalmente, en el Hotel Eden, Rosa fue asesinada por un golpe del fusil de un soldado el 15 de enero de 1919, a la edad de cuarenta y ocho años. Su vida fue corta, pero la aprovechó a lo máximo para lograr sus objetivos y sus sueños de libertad. Por varios meses no se encontró su cadáver, hasta el 31 de mayo del mismo año, donde lo encontraron en un canal. Días después, se celebraría su entierro.

Años después de su muerte, las personas la recordarían como una revolucionaria, que apoyaba el socialismo y la libertad. También fue conocida por sus escritos, en donde especificaba claramente lo que quería y sentía. Pero sus mejores escritos son aquellas que van más por lo sentimental: las cartas de amor que fue escribiendo a su amado en contadas ocasiones. De esta manera, se revela el lado tierno y pasional de una mujer lúcida y de carácter fuerte que, día a día, luchaba por tener su lugar a pesar de su condición de mujer. Son en esas cartas donde, posiblemente, descargaba sus sentimientos y sus desilusiones sobre su lucha y su vida cotidiana.

En una de sus cartas, pareciera que estaría suplicando a su amor a que regresara. A continuación, se redactará un fragmento de la carta tal como Rosa lo ha escrito:

“Querido, ¿cuándo terminará esto? Empiezo a perder la paciencia, no se trata del trabajo, sino únicamente de ti. ¿Por qué no has venido aquí, a reunirte conmigo? Si te tuviera conmigo, ningún trabajo me daría miedo. Hoy, en lo de Adolfo, en medio de la conversación y de los preparativos de la proclama, de golpe sentí en mi alma tal fatiga y tal nostalgia de ti que casi grité en voz alta. Tengo miedo de que el antiguo demonio (el de Ginebra y Berna) salte de pronto en mi corazón y me conduzca a la estación del Este” (Paris, 5 de abril de 1894)

Otro ejemplo de una carta de Rosa, en la que muestra aquel sentimiento propio de una mujer enamorada, es esta:

“No puedo trabajar. Mi pensamiento se vuelve hacia ti constantemente. Es necesario que te escriba unas líneas. Querido mío, mi amado, en este momento no estás aquí, cerca de mí, pero toda mi alma está llena de ti, te abraza.(…) Quiero amarte, quiero que reine entre nosotros esa atmósfera dulce, confiada, ideal, como era entonces. Tú, mi querido me comprendes a menudo de una manera simplista. Siempre crees que gruño porque te vas o algo parecido. Y no puedes concebir que lo que me daña profundamente es que nuestra relación es para ti algo estrictamente exterior. Oh, no digas, mi querido, que no comprendo, que no es exterior de la manera en que yo lo entiendo. Sé, comprendo lo que eso quiere decir, comprendo porque siento” (Suiza, 16 de julio de 1897)

En estas y otras cartas más, esta luchadora refleja un sentimiento de amor. Más bien, un deseo de tener una vida tranquila, al lado de la persona a quien ama, en donde puedan vivir juntos en una casa y formar una familia feliz. Lastimosamente, esos deseos no pudieron ser cumplidos. No pudo realizar el sueño de ser madre ni tampoco de vivir al lado de su querido. Es más, empieza a sentir rencor por ser arrastrada al mundo de la política a causa de él. Y en esta corta carta, refleja ese rencor diciendo:

“Te he odiado porque tú me encadenaste a esta actividad maldita. Ayer estaba dispuesta a largar de un golpe esta maldita política, o más bien su parodia sangrienta, y a “silbar” sobre el mundo entero” (Berlín, 30 de abril de 1905)

Muy pocas son las mujeres que lograr mezclar varios sentimientos a la vez. Rosa supo hacerlo mediante sus cartas y escritos, demostrando que era una mujer inteligente y culta, sin dejar de lado su lado pasional y tierno. Como toda persona, ella se manejaba por medio de lo que sentía en esos años de lucha ideológica. No se sabe bien si sintió desilusión al ver que sus sueños no se cumplían. De seguro, y juzgando por sus cartas, hubo momentos en que no quiso saber más nada y dejarlo todo para vivir en paz. Pero sentía una gran responsabilidad por el pueblo y la política, por lo que tenía que volver a levantarse, trabajar y no parar de reclamar libertad y que las personas se rebelaran en contra del régimen establecido en ese entonces. Por lo tanto, hay que tener en cuenta la forma en que llevó a cabo su lucha diaria. Una lucha que perduró durante toda su vida, hasta el día de su asesinato. Por suerte, quedó su recuerdo y sirvió de ejemplo para todos aquellos que, día a día, luchan por sus ideales y sus pasiones sin importar las consecuencias que lleven sus actos.

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