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La luz del sol entra por los portales y las ventanas mientras que, desde una buena distancia, se escucha el sonido del martillo moldeando un gran trozo de madera. Dentro del taller, se ve a un grupo de indígenas esculpiendo la figura de la Virgen María. Después procederían a lijarla, entintarla y tenerla lista para trasladarla al altar. O, al menos, eso es lo que uno se imagina cuando contempla las imágenes de la Virgen y los demás Santos hechos por los indígenas de las reducciones Jesuitas y Franciscanas.

Los misioneros hicieron un buen trabajo al proceder con la “evangelización” de aquel grupo de almas “puras e inocentes” que, al estar en contacto directo con la naturaleza, tenían una mayor sensibilidad hacia lo “místico”, lo “desconocido”. No es de extrañar que algunos investigadores actuales, como Sustersic, sostienen que los indígenas comprendieron la religión cristiana, mucho mejor que los conquistadores e incluso los evangelizadores. Sin embargo, siempre ha habido una que otra resistencia con respecto a lo que les plantearon los sacerdotes misioneros. Por lo tanto, las preguntas serían: ¿Cómo los misioneros lograron convertir a los indígenas a la religión cristiana católica? ¿Por saqueos? ¿Armas? ¿Por la música? ¿O por las imágenes? Según algunos testimonios, la clave de aquella “conquista religiosa” fue la figura de la Virgen María.

Los indígenas sintieron una gran devoción a la imagen de la Virgen. Y eso se puede apreciar al ver las pinturas y las esculturas que se hicieron basándose en ella. Por ejemplo está la Virgen de Habiyú, la única pintura que cuenta con la firma de su autor. Esa Virgen, si bien está de semiperfil, su mirada va directa al espectador. Por esta y otras tallas, se podría sostener que a los indígenas siempre les ha impactado el poder de la mirada, que refleja el alma de las personas y sus verdaderas intenciones. Las tallas de madera de la Inmaculada son rectas, respetando la forma cilíndrica del árbol en que fue tallada, todas con la mirada al frente. La Inmaculada que se encuentra en San Ignacio Guazú, es el reflejo de toda una “Kuña Guazú”, reina y jefa de la familia tal como el indígena concebía a la madre. Quizás por ser la madre capaz de poner a sus hijos como primera prioridad, la que los tuvo nueve meses en su vientre, los limpió, alimentó y los amó durante su infancia, fue que los indígenas, posiblemente, sintieron una gran devoción por la Virgen, reina y madre del hijo de Dios y de la humanidad.

Por años se ha dicho que los indígenas solo eran unos copistas, que carecían de aquella destreza que les hubiese permitido realizar figuras desenvueltas. Sin embargo, a muy pocos se les ha ocurrido pensar que, posiblemente, los indígenas no estaban interesados en realizar sus esculturas como los modelos europeos. La belleza, para los indígenas, es diferente al concepto de belleza de los occidentales. Esa es una realidad actual y lo era en tiempos de las reducciones.

Los misioneros contaban con postales y estampillas de Santos. Todos ellos poseían mucha soltura en sus trazos y telas, así como también casi siempre se encontraban mirando al cielo. Los indígenas rechazaron esas imágenes y las hicieron tal como querían que fuesen siempre: rectas y con la mirada al frente. Con la llegada de Brasanelli, se destacó aún más aquella rebeldía por las imágenes que les mostraban los evangelizadores. Brasanelli les mostró el modelo Barroco que abundaba en Europa y realizó esculturas de Santos y Vírgenes que todavía se conservan en algunos templos. Los indígenas lo boicotearon y siguieron realizando sus tallas según sus propias interpretaciones de la religión conquistadora. A ellos no les decía nada, por ejemplo, que la Virgen María, casi una niña, estuviese de rodillas mirando al cielo con una mirada de piedad. O que Jesús, el hijo de Dios, estuviese con la cruz y con la mirada directa al cielo. Aquello no les parecía “lindo”. Lo “lindo” sería que mirasen al espectador, infringiendo seguridad y confianza.

Los conquistadores tardaron mucho en comprender el punto de vista de los “inocentes” indígenas. O quizás nunca lo comprendieron del todo. El europeo, por lo general, siempre ha estado metido en su cultura y religiosidad, hasta el punto de querer imponer a las otras culturas “incivilizadas” su propia cosmovisión de las diferentes figuras religiosas que existen en el Cristianismo. Como Cristo es el portador de la Verdad, sienten la necesidad de invadir otros continentes para transmitir aquella “Verdad” a los pueblos “desafortunados”, que no pudieron acceder a los beneficios del Catolicismo por estar distantes o “estancarse” en el pasado.

Hoy en día todavía se puede ver aquel rastro del narcisismo occidental. Aún existen los europeos que ven a los latinoamericanos como “indios” o “incultos”. No se percatan de que son ellos los “incultos”, que saquearon, profanaron y despreciaron las diversas creencias y costumbres de los pueblos indígenas. Ningún europeo jamás se pondría a investigar sobre las iglesias jesuíticas y franciscanas. Ni siquiera se detendrían a observar los detalles de las tallas, las esculturas, las volutas, las columnas y otras obras de arte hechas por indígenas conquistados por los sacerdotes misioneros. Los indígenas fueron conquistados, pero no es como siempre nos han enseñado de pequeños cuando íbamos al colegio o al catecismo y estudiábamos la historia de las reducciones jesuitas y franciscanas. En muchos libros de historia se presenta al indígena como un ser sumiso, que voluntariamente se entregó al conquistador y aceptó la religión impuesta por los mismos al realizar las esculturas de madera. En realidad hubo casos de rebeliones, saqueos, donde murieron muchísimos europeos e indígenas y donde, también, se destruyeron o desaparecieron varias esculturas y pinturas. Sin embargo, como los indígenas perdieron aquellos enfrentamientos, fue el europeo el encargado de escribir y tergiversar la historia para las generaciones posteriores. Solo existen pequeños archivos, ocultos detrás de varias carpetas, que de vez en cuando son puestas a luz para analizar la historia e intentar unir algunas piezas faltantes que puedan explicar el pasado y el presente de nuestra cultura y sociedad.

Hasta ahora siguen los saqueos de las figuras jesuitas y franciscanas. Al visitar los diversos templos que todavía conservan aquellas obras de arte indígena, se puede ver los rastros del saqueo. O, en el peor de los casos, del deterioro de las estatuas y de las iglesias en general. Es difícil realizar buenas restauraciones, ya sea porque no existen los tintes que los indígenas aplicaron a las imágenes o, ante una mala manipulación de los mismos, se pueden destruir por completo. Algunas se dejaron tal como están, con el propósito de analizar el año aproximado en que fue creado usando los métodos modernos de la investigación de obras de arte antiguas. Las que fueron restauradas (en este caso, mal restauradas), quedaron muy lejos de lo que eran de antaño. Perdieron por completo su esencia, quedando como figuras de mala calidad que solo destruyen el forzoso trabajo que al tallista le costó realizar al modelar dicha figura. Incluso muchas iglesias están lejos de ser visitadas o frecuentadas por turistas o espectadores, que podrían estar interesados en apreciar o investigar sobre el arte barroco guaraní.

Y para terminar con el escrito, se podría concluir que toda cultura conquistada por otra se ve en la obligación de adoptar las costumbres y tradiciones impuestas por los conquistadores. Sin embargo, los conquistados no necesariamente tienen que asumir por completo la cosmovisión de los invasores. En el caso de los indígenas, que fueron forzados a creer en la religión de los evangelizadores, decidieron reinterpretar el cristianismo y adoptarlo según las costumbres y tradiciones de los ancestros. Gracias a eso, y al observar aquellas esculturas que todavía se conservan de diversos templos franciscanos y jesuitas, podemos apreciar la huella que los indígenas conquistados dejaron para la posteridad. Y esas marcas tienen cierto aire europeo, pero modificado e interpretado según el punto de vista del indígena. Quizás como queriendo decir cómo ellos deseaban que fuesen los Santos cristianos o cómo ellos creían que eran los conquistadores y evangelizadores en general.

Bibliografía: 

Sustersic, Bozidar (2010) “Imágenes Guaraní-Jesuíticas” Asunción, Ed. Arte Nuevo-Montero 1665  

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