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Toda guerra, sin importar en qué época se haya producido, trae más problemas que soluciones: aumento de la pobreza extrema, niños sin padres, escases de recursos básicos, pérdida de la identidad nacional…  y un montón de penurias que ni la persona más insensible del planeta podría mencionar. Esto pasa en todas las guerras y enfrentamientos entre países. Y la guerra de la Triple Alianza no fue la excepción. Por eso, a modo de elevar la moral tanto de la tropa como de la población civil, salió a luz un nuevo tipo de periodismo que se dedicaba a la propaganda de guerra, transmitiendo la fe en la victoria final. Algunos de estos periódicos fueron El Centinela, Cacique Lambaré, La Estrella y Cabichui.
Este último fue el que más llamó la atención. Y lo sigue haciendo a más de un siglo de su corta historia de publicación. Sus características son las extrañas ilustraciones y ese carácter satírico que utilizaban para burlarse del enemigo. Nunca antes un diario había logrado un estilo de ilustración rico en material de difusión, menos en estos primeros años del siglo XXI, donde la tecnología está en su mejor momento. Todo eso hace que los dibujos de Cabichui sean de interés cultural, tanto para la historia del humor gráfico como la historia de la plástica paraguaya.
Según la artista Josefina Plá, la primera edición del Cabichui se habría publicado en el 1867, tres años después de declarársele la guerra al Paraguay y cuando las exitosas incursiones en territorio argentino y brasilero quedaron en el pasado. En total hubieron 95 números, todos publicados en el cuartel general de Paso Pucú, con un mínimo de tres caricaturas cada uno más el gráfico de la cabecera, que siempre permanecía igual. Las miniaturas que diseñaban las letras mayúsculas de las notas breves y poesías eran bastante variadas. La única viñeta que se mantenía era la que encabezaba la sección “Popías” del padre Fidel Maíz. Con esto, se cuenta un total de cuatrocientos grabados aproximadamente, en donde se puede sentir el desarrollo del drama bélico y la trayectoria psicológica de la defensa durante un año.
Los que se encargaban de los gráficos eran los siguientes artistas: Inocencio Aquino, M. Perina, Francisco Ocampos, Gregorio Baltasar Acosta, Jerónimo Gregorio Cáceres, J. Bargas, Francisco Velasco, J.B.S y Saturio Ríos, más conocido como pintor. No se sabe exactamente quién dirigía a estos grabadores, aunque muchos estudiosos señalan que fue Saturio Ríos. Otros hablaron de un tal sargento Godoy o un tal Sargento Colunga. Aún así, la originalidad gráfica tenía su equivalente en la redacción que seguía, en general, los lineamientos retóricos del momento histórico.
Uno de los mentores fue Juan Crisóstomo Centurión, más tarde convertido en coronel. Según su testimonio, la discusión sobre el título y el gráfico de la portada del periódico tardó tres días. Su propuesta fue aceptada, que era el de poner el nombre de una especie nativa de avispa con el fin de transmitir la idea de agujerear al enemigo. Y para el gráfico, su idea fue un hombrecito rodeado de avispas Cabichui. Para muchos representa a un negro, dado que el ejército brasilero estaba conformado, principalmente, por gente de color. Pero no es igual a los negros caracterizados en otros grabados del periódico: piel color negro plano y muy oscuro, con labios extremadamente abultados y con sus respectivos uniformes. El personaje de la portada, en cambio, se lo muestra desnudo y con el cuerpo cubierto de pelos. Con esto, los estudiosos suponen que más bien ese gráfico simbolizaba la barbarie, brutalidad y salvajismo atribuidos a los ejércitos aliados.
La mayoría de las veces el periódico aguijoneaba al enemigo brasilero, representándolos como un grupo de personas negras en actitudes ridículas y cobardes, definiéndolos así como “raza de orangutanes”. También existen gráficos en donde se representan a los soldados uruguayos como micos, que son monos de cola larga. Otras representaciones zoomorfas son los gobernantes y sargentos argentinos y uruguayos convertidos en burros y perros. Hasta los carpinchos y los insectos fueron utilizados para representar a los soldados, gobernantes y sargentos de la alianza.
Los grabados del Cabichui acompañaban alguna crónica, cuyo humor era más bien rudo y carente de autonomía en el aspecto gráfico. No constituían chistes por derecho propio, sino ilustraciones de algún pasaje de la misma. Había gráficos que se acercaban bastante al ideal de un chiste autónomo, pero eran excepcionales. Y como en esa época aún no existían los globos de diálogo como lo tienen hoy en día las historietas, los textos explicatorios o lo que decían los personajes dibujados iban por debajo de los gráficos.
Los artículos del periódico hacían mucho uso del idioma guaraní y también de las bromas pesadas, como “el macaco afligido” o “lleva de tras (sic) una cola”. Raramente hacían uso de las palabrotas, por lo cual se ha considerado que el Cabichui fue el precursor remoto del periodismo callejero, representados hoy en día por el diario Popular y Crónica.
No todos los artículos eran sobre la guerra. También el periódico publicó temas no coyunturales y algo raros, que narraban hechos cotidianos de los pueblerinos o disputas sobre algún tema en particular. Uno de esos temas fue la disputa de un pastor y un muchachito sobre qué placer merecía prioridad, si la mujer o la botella. Ese pasaje se encuentra en el penúltimo número publicado y fue, para los críticos del arte, uno de los mejores del periódico por la gracia y la elegancia de las figuras, así como por el encanto de todo el cuadro, de la composición correcta.
Del periódico, hoy en día, solo quedan algunos de sus artículos y gráficos. Para los que quieran apreciar la gracia de los mismos, pueden contactar con el Museo del Barro. En la página web del museo también podrá ver, por ejemplo, cómo graficaban las primeras letras de un texto o algunos gráficos sobre el enemigo del Paraguay. Aún así, nada de eso puede explicar sobre la suerte de los grabadores del Cabichui. A excepción de Saturio Ríos, ningún historiador sabe con precisión qué pasó de esos artistas del grabado. Una de las pocas personas que podría decirlo sería Saturio Rios, pero ya no se encuentra entre los vivos. Y tampoco se ocupó en brindar informes sobre el tema, ya sea porque era ajeno al espíritu general del Cabichui, o porque no quería hablar sobre el asunto, o porque simplemente nadie se lo había preguntado.
Lo que también ha llamado la atención fue que la desaparición del Cabichui coincidió, aproximadamente, con los penosos sucesos de San Fernando, en donde López ordenó el fusilamiento de varios de sus parientes por “traición a la patria”. Algunos suponen que los integrantes del periódico fueron víctimas de las tragedias desatadas en el interior del bando paraguayo antes del derrumbe final. Otros, en cambio, sugieren que el periódico dejó de aparecer porque ya no había más recursos para publicar más números. También está la teoría de que estos grabadores-soldados murieron durante el combate. Aunque también están los que dicen que, en la pos-guerra, se retiraron a la vida privada y nunca más tomaron sus herramientas de trabajo y de combate. Todo esto ha formado parte de las grandes incógnitas de la historia paraguaya, en la que solo se pueden sacar hipótesis o suposiciones sobre qué pasó en verdad. Pero como la historia y los hechos lo escriben las personas, éstas pueden ser tergiversadas, manipuladas o simplemente distorsionadas de acuerdo a las intenciones de quien lo escribe.
Con esto, este ensayo concluye con la tristeza de no sacar a luz el verdadero motivo del final del Cabichui, ni del destino de sus publicadores. Pero termina con la satisfacción de revelar sus comienzos y lo que significó para la gente de esa época, que de seguro necesitaba reír y recuperar las esperanzas de vivir en paz. Tampoco hay que olvidar de mencionar el testimonio que ha dejado el periódico en el ámbito artístico, porque así se demuestra que el arte, sin importar de qué ámbito salga, es, fue y será la representación de la realidad y la mentalidad de la sociedad en general.
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